lunes, 1 de abril de 2013

En un plís plás


No queridos, ni mucho menos os he abandonado, simplemente es que ando liada.

Vosotros diréis esta mujer anda siempre atareada, cuando no de mudanza, en otros menesteres. Y tenéis razón. No sé que capacidad tengo para no estarme quieta, para cómo decía mi madre, enredar. Así son las cosas, una es de natural movidito y claro, a veces sufro atascos, pero nada que no se pueda solucionar.

Sin embargo, una cosa es ser activo y otra muy diferente ir por la vida corriendo y sin resuello. A eso si que me niego, de verdad. Me gusta tanto la vida  y disfrutarla, que creo sinceramente que a cada momento hay que dedicarle su atención, porque si hiciéramos un recuento de todo lo que nos perdemos por ir como motos se nos pondría una cara tristísima.

Por lo tanto queridos míos, una premisa más que tenemos que añadir a nuestra lista. Despacito y con alegría para que no se nos despiste nada de nada, ni lo más mínimo.

Y aunque parezca un contrasentido la receta de hoy es rápida. Je, je, pero su rapidez nos va a proporcionar más tiempo para estar con los amigos o para atender a la amiga que nos ha tomado por un confesionario, o a la charla en un mediodía de esos de hola madre que he venido a verte.

La pasta, ya sabemos todos, es un invento maravilloso que nos saca de apuros; en momentos de escasez  y en los que hay que improvisar. Venga, a la cocina, que os enseño como dar de comer en dos minutos. Bueno, cinco. Esta receta es de mi tía Isabel, buenísima cocinera, con la que las horas de charleta sobre secretos culinarios y trucos echo mucho de menos.

Necesitamos un paquete de buena pasta. Pueden ser spaguetti, papardelle, mejor si es fresca, pero como no hay que ponerse ssstupendos, pues lo dejamos en pasta. Punto.

Dos latas, dos, de berberechos. Un par de dientes de ajo fileteados, una copita de vino blanco, bueno dos también, una para la receta y otra para nosotros y el caldo de las latas.

Mientras cocemos la pasta, doramos en aprox.  tres cucharadas de aceite, los ajos fileteados. Separamos del fuego, dejamos que se temple un poquito el aceite y añadimos el vino que no nos hemos bebido, ja, conviene aclararlo,y el caldo de las latas. Dejamos reducir un poquito la mezcla, añadimos los berberechos, escurrimos la pasta y la rociamos con la mezcla anterior. ¡ Y a la mesa !

Qué, era o no era rápida y fácil ?

Hay quién le añade queso rallado, aunque los expertos italianos aconsejan tomar la pasta que lleva pescado sin queso, con el fin de que los sabores del pescado se aprecien al máximo. Pero...... Para gustos se hicieron los colores.





martes, 26 de febrero de 2013

Escabeches y marinados



En esta nueva entrega y siguiendo con las directrices que nos caracterizan, es decir, rentabilizar al máximo nuestro esfuerzo, os voy a hablar de los escabeches

Esto que en cocina moderna denominamos marinado, es una idea magnífica que se les ocurrió a nuestros antepasados los árabes con el fin de conservar los excedentes de sus buenas cosechas, mejorando con este proceso las costumbres romanas de embadurnar casi todo con el garum una especie de conservante a base de tripas de pescado y sal.

A lo largo del tiempo se han ido perfeccionando estas técnicas y aunque en estos momentos hemos llegado a la sofistificación de todo, respetando el avance culinario y el trabajo de nuestros excelentes cocineros, he de decir que nuestras abuelas en sus despensas y sin neveras estupendas para conservar todo lo que salía del campo o del mar, léase verduras, caza o pescados, conseguían exquisiteces que ríete tu de todas las nuevas cocinas.

Leyendo esto es probable que penséis: "Esta mujer es un poquito antigua". Y no, nada más lejos. Es que pienso que el genio de Arzak se hubiera dado de otra manera si no hubiera estado entre los fogones y guisos de su madre, teniendo, para toda esa maravilla creativa que ha demostrado, la referencia de sus raíces. En otras palabras, que según mi criterio, hay que tener presente de dónde partimos y eso si, avanzar, descubrir, innnovar y progresar por supuesto, porque si no fuera así ¿de qué íbamos a estar hablando de las técnicas de nuestros antepasados?

Os voy a dejar hoy una receta del escabeche de mi madre. Como es natural y propio de nosotros los españoles, hay montones y variadísimas recetas para escabechar, nuestra creatividad es espectacular y en la cocina ya lo hemos demostrado, así que yo os dejo la que manejo en casa, porque con esos olores recupero infancia y muchas más cosas.

Ahora, procedamos.

Necesitáis un par de cebollas medianas y dos o tres zanahorias también medianas, medio vaso de agua de aceite de oliva, un vaso de vino blanco, dos o tres hojas de laurel, medio vaso de un buen vinagre de Jerez, tomillo, romero, cominos, pimienta negra entera y si queréis que espese un poquito, una lluvia de harina, aproximadamente una cucharada sopera o un poco más.

En una sartén grandecita ponéis el aceite a calentar. Partís las cebollas en gajos gordos y las zanahorias a taquitos, añadís los dientes de ajo con la piel y un corte transversal para que suelten el olor y el sabor pero no se deshagan con el guiso, rehogáis bien a fuego vivo. Cuando la cebolla empiece a caramelizarse añadimos la harina para que se tueste un poquito.

Removemos un poco y a continuación llega el momento de los líquidos, el vinagre primero, y más tarde el vino, cuando se haya evaporado un poco el olor del vinagre; si fuera necesario se puede añadir un vaso de agua, depende de lo que vaya espesando la salsa. Bajáis el fuego y lo dejáis cocer tapado hasta que las zanahorias estén blanditas. Se añaden todas las especias y se tapa de nuevo para que los olores no se nos escapen. ¡Y ya lo hemos conseguido!

Y ahora preguntaréis, "vale, ¿y qué hago con esto?".

Bueno, pues pođéis hacer unos boquerones que previamente habréis frito con un poquito de harina. También vale pez espada, esta vez sin freír previamente, o atún, o corvina, o mejillones. O si preferís carne, un solomillo de cerdo, o perdices, o tiras de pechuga de pollo, lo que se os ocurra.

El proceso es bien sencillo no hay más que colocar muy bien lo que hayamos elegido en una bonita fuente, y verter el preparado por encima. Dándole un hervorcito mínimo, unos cinco minutos, serán suficientes.

Yo suelo acompañarlo con un flanecito de ensalada de arroz basmati que lleva pasas, piñones tostados, y una chispa de curry.

Un consejo: está mucho mejor al día siguiente

Y otro consejo: ¡que disfrutéis!

miércoles, 30 de enero de 2013

¡ Oído cocina, una de albóndigas !



Siguiendo con nuestra premisa de rentabilizar al máximo el tiempo en la cocina y con la idea de que un mismo plato puede tener mil lecturas, hoy os propongo unas humildes albóndigas, que luego resulta que no son tan humildes y que además, son versátiles, o al menos yo le he buscado unas cuantas versiones que es lo que nos importa.

Estoy acostumbrada a que en casa siempre aparezcan satélites. Es decir: siempre está el amigo que se apunta, el que viene a pasar unos días, los sobrinos que vienen a saludar, en fin, que mi madre decía y con toda la razón, que nuestra casa más bien podía ser una pensión o un comedor social y debido a ese factor sorpresa suelo tener el congelador con los recursos necesarios para afrontar las adversidades, que no son tal, porque la verdad verdadera es que me encanta ese run run, sobre todo cuando la gente que nos acompaña es la familia, amigos nuestros o gente joven amigos de nuestros hijos
Me gustan las mesas felices, compartidas, relajadas y con buen rollito.

Antes me preocupaba mucho por hacer recetas complicadas. Era un reto a mí misma pero bastante agotador. Ahora tiro de guisotes y cosas fáciles porque me permiten disfrutar más de las personas que tengo a mi alrededor y porque para recetas sssstupendas, me pongo mona y salgo por la puerta para comer en algún sitio donde me lo sirvan. Ja ! Una que va a prendiendo.

Después de esta disertación, ejem, os cito en la cocina.

Ya sabéis, relajados, contentos, con musiquita si es posible y a trabajar.

Os explico lo que yo hago porque cuando cocino para casa procuro hacer cantidades importantes, es decir, que puedan tener más de una vida y que puedan congelarse.

Normalmente compro un kilo de carne picada de ternera a la que le añado 1/4 de Kg. de carne picada de cerdo y un buen trozo de jamón también picado. Todo mezclado suele resultar aproximadamente un kilo y medio. A eso le añado 2 huevos enteros, sal, pimienta negra molida, perejil, un diente de ajo pequeño muy muy muy picadito ( que después de comer tenemos que relacionarnos y no queremos ser el dragón de San Jorge con fetidez de ajo )
¡ Ay que me pierdo ! ya sigo, medio vaso de vino blanco, un brick pequeño de nata líquida, y puré de patata en copos, pueden ser tres cucharadas soperas, pero vosotros mismo iréis viendo cuando vaya espesando por lo que conviene ir añadiendo poquito a poco para que nos quede una mezcla blandita y no una masa para poner ladrillos.

Esa mezcla la dejáis reposar y en una cazuela más bien grande ponéis un buen chorro de aceite de oliva, un par de cebollas medianas , cuatro o cinco zanahorias, un pimiento rojo o tres o cuatro pimientos de lata todo partido en trozos  A fuego mediano dejáis que esta mezcla se vaya tostando, digo tostando,¿eh ? no ennegreciendo, así que hay que vigilar. Cuando tengáis una tonalidad marrón oscuro, añadís 2 vasos de agua de vino blanco o coñac o mejor, mucho mejor, si tenéis oloroso porque le da un toque especial. Una vez que el olorcillo del licor va desapareciendo añadimos un brick entero de caldo de carne. Y ahí si, bajáis el fuego y os olvidáis dejándolo en chup chup.
Mientras esta salsa se hace, con las manos más bien mojadas hacemos bolitas con la carne. NO LAS PASAMOS POR HARINA, no, no, porque engorda la salsa más groseramente y nosotros somos finos finísimos, de groseros nada y nuestra salsa va a estar espesita debido a todas la verduras que luego trituraremos.

En una sartén con abundante aceite freímos las bolitas que tan amorosamente hemos redondeado. Es importante que no las friamos mucho para que queden esponjosas y blandas y no lo más parecido a las canicas.

Trituramos la salsa y añadimos las albóndigas dejándolas cocer a fuego bajo sólamente diez minutos.

Si la salsa ha quedado espesa ( que quedará ) le añadimos agua. Seguramente sobrará bastante de todo lo que hemos preparado pero eso es lo que pretendíamos, porque en tupers debidamente etiquetados vamos a meterlo en el congelador y nos servirá para otro día. Yo suelo hacerlo mezclado, es decir, unos llevan albóndigas y salsa y otros solamente salsa, así puedo elegir si comemos albóndigas otro día o utilizo la salsa  para compañarla de una buena pasta, o de arroz blanco con huevos fritos o  con verduras en versión pisto o picando con la carne sobrante para una boloñesa.

No os quejaréis. Mínimo esfuerzo para varias posibilidades. Y de verdad que están requetebuenas. Ya me lo diréis. Hale, a cocinar !












martes, 8 de enero de 2013



Bueeeno, ya se ha pasado el tsunami.

Nosotros hemos tenido un round más que los de allende los mares. Sus Reales Majestades nos han proporcionado una semana más de nervios, roscones, sorpresas, alegrías y seguramente con un día, sólo un día más, hubieran tenido que ingresar a todo el país por agotamiento.

Ahora no valen los remordimientos, o el sentimiento de culpa, ni ponernos el vestido ese que nos quedaba justito o el cinturón al que llegábamos malamente al agujero de siempre. No queridos. Hay que pensar que hemos sido felices, que hemos disfrutado, que nos hemos reído y.... pelillos a la mar. Más que un cuerpo perfecto, importa una mente sana, porque lo de fuera tiende a estropearse, sin embargo lo de dentro es lo que verdaderamente cuenta, lo que nos hace humanos y de aquí al verano nos queda tiempo suficiente para recomponernos y volver a ser los mismos de antes de las Navidades.

No digo que nos relajemos, digo que, al menos para mí, es más importante unas buenas risas que una lorza puñetera.

Y como hay que ser consecuentes os propongo una ensalada rica rica, refrescante y perfecta para cumplir con los buenos propósitos que todos tenemos para este año que aún está por estrenar.

Ahí va.

Necesitáis una naranja, una escarola, ocho langostinos, y una granada. ¿ Fácil no ?

Procedamos.

Hay dos maneras de colocar la naranja, o partida en rodajas o bien tal y como véis en la foto. Esos gajos peladitos en vivo. Sin nada nada de piel.
Si elegís poner la naranja en rodajas, debéis colocar la escarola encima, de manera que no la cubra del todo.
Esplovoreamos con gracia la granada y los langostinos, los partiremos por la mitad para que el sabor del pescado no mande demasiado en el conjunto de sabores. Se trata de conseguir armonía.

Para el aliño, un buen aceite, sal y dos cucharadas de zumo de naranja.

Resulta espectacular en un buffet, pero en ese caso colocad una salsera al lado para que cada uno se sirva en el momento y la ensalada no se nos quede triste.

Vaya con esta receta mis mejores deseos para 2013. Que seáis felices, no todos los días que es un aburrimiento, que tengáis sorpresas de felicidad.










domingo, 16 de diciembre de 2012

Comme il....foie !



Otro año más la Navidad está con nosotros

Otro año más, compraremos regalos que nos sobran, comeremos más de lo que deberíamos y haremos el firme propósito de que el año que viene será diferente y no caeremos en los mismos errores que vamos repitiendo a lo largo de nuestra vida.

Entre la gente que me rodea, están los que pasarían por encima de estas fiestas ignorando, si pudieran, todos los ritos y el jaleo que acarrean.
Y en el otro bando, los que disfrutan como enanos y esperan durante todo el año para recuperar a toooda la familia, sacar belenes del altillo, poner el árbol y afrontar el maremagnun con buenísima disposición.

Yo, que estoy en este segundo grupo,tengo que reconocer que son días en los que me lo paso bomba, pero lo que más de más de todo lo más me encanta, es la fiesta de Reyes.
Para vuestro conocimiento os diré que mis hijos, ya talluditos, aún ponen los zapatos y el salón se clausura a cal y canto la noche antes, como si de verdad de la buena esparáramos a Sus Reales Majestades.

Este año hemos puesto a Manuela, mi nieta, un Belén " a su altura ". es decir, que está lo suficientemente accesible como para que haga y deshaga a su antojo e interactúe.

Debido a eso, nos hemos encontrado con la Virgen y algunos pollos en el pasillo, los adoradores en mi cuarto y los reyes en vez de llegar se han ido ya unas cuantas veces hasta la puerta de entrada. Según mi marido tiene la ventaja de que no tendremos que guardarlo porque a estas alturas, ya contamos con alguna minusvalía. Uno cojo, otro sin regalo.... en fin. Pero ¿ y lo que está disfrutando ?

En ésta época hay familias que conservan tradiciones; cenan lo que sus abuelos y sus padres cenaban y obligatoriamente se repite el menú pase lo que pase.
Nosotros somos más bien anárquicos y solemos dejarnos llevar por lo que en ese día nos apetece porque, en realidad, como disfrutamos es sentándonos todos juntos alrededor de una mesa que, eso sí, debe estar perfecta.

Y en esa mesa, es habitual que esté el foie, porque tiene muchas ventajas.
Está buenísimo. Le gusta a todo el mundo. Se puede congelar lo que sobra. Y el fácil, fáil, de hacer.
Os explico como lo hago:
Hay que comprar un hígado de oca o de pato fresco. Son dos lóbulos llenos de hilitos que con paciencia hay que ir retirando para que luego no nos los encontremos al masticar.

No importa que se rompa, lo importante es que queden bien limpios.
Los colocamos en una fuente el día anterior junto con un tapón de Armanag, o un buen Oporto que no sea muy fuerte, o un vino blanco dulce. Se añade pimienta, sal, pizquita de canela y se guarda en la nevera. Al día siguiente, removemos y lo llevamos al microondas.

Primero, 30 segundos. Si ha quedado muy entero, repetimos la operación. Pero no más porque se convertirá en grasa si nos pasamos.
Mezclamos bien y colocamos en un bonito molde, o en moldes individuales para que todos puedan acceder fácilmente y para que si sobra sea más fácil congelarlo.
Antes de pasarlo al molde, cuando está todavía caliente, puede batirse para que al solidificar tenga la textura de una mousse, aunque a mi me gusta más sin batir porque se queda más entero.

Et... voilá. Ya tenemos el suculento foie.

Pero claro, nosotros no podemos desmoldarlo y hale, allá que te vá. Nosotros cuidamos los detalles así que....

Vamos a preparar una salsa para cubrirlo cuando le extendamos en la tostada, que por supuesto será de las que tienen pasas.

Exprimimos el zumo de media naranja, añadimos cucharadita y media de azúcar, y la mezcla de dos buenos vinagres. De Jerez y manzana, o de Jerez y frambuesa, lo que más os guste. Cuatro cucharadas soperas en total. Mezclamos y lo llevamos al fuego. Tenemos que conseguir que caramelice y a la vez se evapore el olor fuerte del vinagre. Pensad que no debe quedar muy espeso cuando esté caliente porque al enfriarse espesará bastante. La textura de una pomada es la correcta. Es mejor ir probando, dejarlo enfríar, comprobar y si nos gusta más espeso ponerlo otra vez al fuego.

En otro recipiente colocaremos un puré de manzana que habremos asado con un chorrito de vino blanco y unas cucharadas de azúcar. La gelatina que queda en la fuente se mezcla con la manzana. Son dos opciones que se pueden presentar para que cada uno lo coma como más le guste.

Y si ya queréis poneros sssstupendas y lo de las salsas no es lo vuestro, podéis alternar, una vez que esté el foie templado, capa de foie y finísima capa de membrillo. Repitiendo la operación y formando un milhojas que hará mirar al cielo a vuestros comensales y los mmm,y srulp llenarán la habitación.

Y vosotros pensareis: Si supiérais lo fácil que ha sido...!

Tanto si os animáis a hacerlo como si no, espero que seáis felices, que para el año que viene hagáis acopio de sentido del humor y que el gordito de rojo o sus Majestades os traigan el mejor de los regalos: Armonía, y un corazón esponjoso que sepa acoger el cariño de los que os rodean. ¡¡¡FELICES FIESTAS !!!



miércoles, 28 de noviembre de 2012

Marina y los boquerones


Mil perdones por el retraso. Os he echado de menos pero... he estado de mudanza y no he tenido ni la cabeza ni los medios para pensar en otra cosa que no fueran cajas y trastos. Ahora ya ha pasado el tsunami, todo más o menos está en su sitio y yo soy capaz de uitlizar la cabeza para algo más que llevar las gafas.

En estos días me he acordado especialmente de Margarita, Javier y Marina. Mis vecinos.
Ellos se fueron hace ya bastante de la casa que tenía su puerta enfrente de la nuestra. Muchas veces hemos comentado ese día riéndonos, ahora que los apuros y el trabajoya son anécdota. Yo además recuerdo el día de su mudanza como algo personal porque era la viva imagen de otra nuestra ya superada pero difícil porque teníamos a los niños pequeños. Ellos tenían a Marina.

Por entonces Marina debía tener unos cuatro años. Era una pequeñaja feliz, a la que sus padres algunas veces dejaban a mi cuidado. Yo la metía en la cocina y pasábamos la tarde haciendo rosquillas o pan o cualquier cosa con la que pudiera ponerse de harina y de masa hasta las pestañas. Disfrutábamos las dos mucho enseñando luego el resultado de nuestras "manualidades". Hoy Marina es una adolescente con unos ojos negros que llevan escritas todas las preguntas y una melenaza negra también como la de su madre. Una persona muy especial en la vida y en mi corazón.

Bueno pues ese día de su traslado, cuando estaban en pleno fragor de la batalla, les llevé una fuente de boquerones fritos y unos pimientos asados para hacerles un poco más leve el trance en el que estaban metidos. También nos hemos reído con eso, porque dicen que esos boquerones les salvaron la vida. Sea ésta pues, una receta en honor de la amistad y de las mudanzas.

Para el asado de pimientos no tenéis más complicación que partir unos buenos pimientos rojos por la mitad, vaciarles de nervaduras y pepitas y ponerlos en una bandeja de horno con un chorrito de aceite y unas hojas de romero. El tiempo dependerá del horno, pero a una temperatura de 200º seis u ocho pimientos se asan en una media hora. Los dejáis enfriar dentro del horno para que suden y se pelen mejor, y cuando haya pasado un tiempito, les quitáis la piel, los partís a tiritas y... aquí viene el truco, porque los nuestros no son como los demás, escurrís con  un colador el líquido que hayan soltado en la fuente donde tenéis los pimientos, añadís sal, un poquito de aceite, buen vinagre al gusto, unos cominos y una cucharadita de café de azúcar. Mezcláis bien  y ya tenéis el aliño.
Os felicitaran seguro.

Con los boquerones no tenemos más remdio que someternos a las normas de fritura andaluza que son: la temperatura del aceite y la finura del rebozado. Los andaluces son los reyes y bordan como nadie esa técnica de hacer de lo sencillo un manjar de dioses.

Se limpian bien los boquerones, si se quiere se puede retirar la espina entera, pero yo prefiero hacerlos con espina y todo por no evitar ese momento de coger el boquerón con los dedos y acercarlo a la boca cuando está calentito.

Se colocan en una fuente con el zumo de medio limón y sal dejándolos una horita para que cojan sabor. Después de pasan por harina. Mejor, mucho mejor, si es de garbanzos, porque es lo que les dá el toque más crujiente. Se sacuden con ayuda de un colador grande o simplemente en el aire para que no se quede un rebozado ordinario, que nosotros de ordinarios nada. Ni en las frituras.

Con el aceite abundante y en su justo punto de calor (se puede probar primero con un trocito de pan)
se van friendo por tandas, esperando a que entre una y otra vaya recuperando el aceite su temperatura inicial.

Bueno que no cunda el pánico. Allende los mares no se si hay boquerones, pero vale cualquier pescado de carne dura. Léase, pargo, perca, pez espada.... cualquiera vale. Se trocea y se procede exactamente igual y si se cierran los ojos, con buena voluntad, se traslada uno al chiringuito de la memoria, porque mar, lo que se dice mar tenéis para dar y tomar.

Y para los que tengáis el privilegio de acercaros a Marbella, y pegaros una "jartá" de boquerones os recomiendo el restaurante Villalobos. Doña Ana hace los mejores, los que nos llevan directamente a la gloria y además las higueras de la terraza nos regalan el olor a verano, a mar Mediterráneo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Hummmm.... ¡chocolate pecador!



Hay dos cosas que nos trajeron de vuelta los conquistadores y por las que eternamente les estaré agradecida. Las patatas y.... el cacao.

Las primeras me gustan de cualquier manera. Fritas, asadas, en guiso, cocidas y regadas con un buen aceite, aplastaditas junto con alguna verdura hervida, en fin como sean, pero ¿el chocolate? El chocolate me vuelve loquita perdía.

Tengo que confesar que soy de las que me paro en los escaparates de las pastelerías y que me quedo mirando fijamente cualquier cosa que lleve chocolate, intentando resolver cúal ha sido el proceso que han seguido para conseguir esa maravilla que tengo ante mi vista y poder repetirla en cuanto llegue a casa con la insana intención de comérmela. Así lisa y llanamente. No me importa reconocer que puedo sufrir una mutación ante simplemente ese olor entre amargo y azucarado, ese color entre dorado y tan oscuro, esa textura a veces compacta y crujiente y a veces crema suave. No te digo nada si encima lo pruebo. ¡Ay la carne que es muy débil!

Cuando mi cuñada Paloma viene de Miami solemos hacernos un homenaje en una de las pastelerías más antiguas de Madrid, está en la calle Mayor 10 y os la recomiendo si esa tarde habéis decidido no darle importancia al michelín y pecar en toda regla.

Esta pastelería, El Riojano, ( si, reconozco que el nombre no es muy chic ) la fundó el pastelero de la Reina Mª Cristina de Hagsburgo y aún conserva los genuinos mostradores de caoba. Para hacerlos  trajeron la madera de Cuba y los propios ebanistas de la reina fueron los artesanos. Pero bueno, lo que importa es que detrás de la propia tienda, después de haber sorteado en los mostradores unas cuantas tentaciones, aparece un salón de té. Y ahí, ahí, es cuando Paloma y yo nos lanzamos al pecado; porque pedimos una taza de chocolate  de verdad, nada de polvitos ni sucedáneos ni cosa raras. Chocolate deshecho y punto. Brillante, espesito. ¡Por supuesto que no nos lo tomamos sólo! pero eso queda para nuestro cuaderno secreto.

Bien, ahora que ya tenéis el demonio en el cuerpo y os he incitado a bajar a la calle con la urgencia de comprar chocolate y acabar con las existencias del súper, para que seáis coherentes os digo: Si, bajad y subiros dos tabletas de chocolate negro para deshacer. Cuando estéis en casa lo mezcláis con tres cucharadas de azúcar y  un litro de leche. ¡Ja, no vale ponerse en plan, no yo no,  y comprar desnatada! 

Una cazuela, una cuchara de palo, y un poquito de paciencia serán vuestras armas. A la leche le añadís el chocolate troceado,  a fuego más bien lento vais mezclando hasta que hierva. Al final del todo, el azúcar. Según decía mi madre el chocolate tiene que subir tres veces. No me preguntéis por qué. Es verdad  que a medida que va cociendo también va espesando y ya se sabe: Las cosas claras y el chocolate espeso.

Este es el chocolate normal. El que les hacéis a los niños para la merienda, pero hemos quedado que el nuestro es pecador a tope, así que vamos a ello.

A esa cazuela a la que no le quitáis ojo vais a añadirle cardamomo. Es una especia originaria de la India que consigue transformar la receta. Tiene un aroma cítrico y al final su sabor es un poquito picante, aunque resulta tan suave que no es nada agresivo. Para la cantidad que estamos manejando será suficiente una semilla un poco aplastada con el fin de que perfume en su justa medida. Con cardamomo pues, si queréis ser marajás . ¿Que queréis ser transgresores? Pues hecho, un chorrito de ron y veréis que la cosa se anima, ¿Que ya que os ponéis vais a por todas? Pues lo coronáis con una bola de nata bien espesa, espolvoreada con canela y almendras en láminas.

Lo de la manzana y el Paraíso se queda en nada comparado con esto. Eso si, ni se os ocurra pesaros al día siguiente ni hacerme responsable de que esos cuerpos serranos se os han descontrolado.

NOTA.- Esta receta es para Ana. Especialmente.